Llevar la razón es casi una obsesión para algunas personas. Parece una cuestión de justicia, de certeza, una garantía de que no están equivocados. Sin embargo, a menudo requiere el pago de un precio en moneda emocional, pues una relación puede enrarecerse o incluso terminarse debido a las tensiones que se generan cuando ambas partes deciden tener la razón.
Hoy te hago una pregunta directa: ¿hasta qué punto mantienes tu posición cuando hablas con otra persona?
Conviene distinguir entre lo que es manifestar tu pensamiento y opinión con respecto a un tema, sea cual sea la naturaleza de éste, y el hecho de hacer prevalecer lo que digas.
Esto último no deja de ser un intento de imposición o de dominio de parte de quien se marca como objetivo tener la razón.
Visto así, cuando pretendemos llevar la nuestra por delante podría interpretarse como un afán de superioridad; también como una victoria dialéctica a la que parece que no podemos renunciar.
¿Ganas o pierdes?
“Es que tengo razón cuando digo que la grasa de la leche entera es beneficiosa, particularmente para las mujeres adultas; lo dicen los expertos”.
Tal es la afirmación que me he pillado diciendo a mí misma durante una conversación reciente con una de mis personas favoritas, la cual, por cierto, defendía el consumo de leche semidesnatada, argumentando que tiene las mismas propiedades que la que contiene más grasa.
“Vivimos en una era obsesionada con tener razón”, dice Miguel Navarro, fundador del Instituto de Biohacking Consciente, una escuela de Desarrollo Personal; “queremos certezas, garantías, respuestas que nos den el control, aunque la vida no está hecha de verdades absolutas, sino de interpretaciones”. Dice Navarro que lo que determina tu vida “no es lo que es cierto, sino lo que eliges creer”.
“Una creencia puede ser un ancla o un trampolín; puede mantenerte atrapado en el miedo o impulsarte hacia una versión más libre de ti”, dice Navarro; “por eso, la pregunta importante no es ¿esto es verdad?, sino ¿esto me sirve?”
Para el autor de La pirámide de la influencia “cuando cambias tu forma de ver las cosas, las cosas cambian y no porque el mundo se transforme mágicamente, sino porque tú empiezas a moverte desde otro nivel de conciencia”; “tener razón te encierra, tener calma, te abre ya que, cada vez que te aferras, pierdes energía, mientras que, al soltar, recuperas el poder”.
“Muchos de los aspectos de la vida capaces de aportarnos bienestar y felicidad pasan por saber conectar con el resto de personas, ya sea en relaciones formales o informales”, dice Majo Cascales, coach experta en Autoconocimiento y Transformación personal; para lo cual propone algo tan sencillo como es mejorar nuestra comunicación.
“Comunicarse bien implica dominar toda una serie de habilidades complejas que van desde la coordinación muscular al hablar hasta la estructuración de frases coherentes, pasando por la capacidad de empatía y de tener en cuenta lo que el interlocutor sabe y no sabe”, dice Cascales, que propone las siguientes claves para entrenar esta habilidad:
- Mira a los ojos. Buena parte de la comunicación no verbal queda plasmada en tu manera de hacer uso de la mirada. Si hablas sin mirar a los ojos, no solo estarás expresando inseguridad o incluso falta de honestidad; además, hará que tu interlocutor se sienta menos cómodo con la conversación, de manera que ambos pondréis de vuestra parte para que esta termine cuanto antes al reforzar mutuamente esta actitud en el otro.
- Estructura tus ideas por bloques. Te ayudará a ganar fluidez a la hora de explicarte, al tener en mente la estructura de todos los temas por los que quieres pasar. Además, ayudará a que la otra persona asimile esta información y no se le olvide, al ponérselo fácil para conectar unos conceptos con otros.
- Cuida los aspectos no verbales. Muchos aspectos de la comunicación dependen del lenguaje no verbal y éstos se pierden con el envío de mensajes escritos por carta, teléfono o Internet.
Por eso, debes tener en cuenta que allí donde busques establecer una conexión emocional con alguien, ya sea para buscar la complicidad de la otra persona o para intentar persuadirla, es mucho mejor hablar las cosas cara a cara.
- Escucha activa. Los momentos en los que no estás hablando tú también son importantes. Aunque no te toque hablar mientras el otro lo hace, da señales de que le prestas atención, aplicando lo que se conoce como escucha activa.
“Que vea en las expresiones de tu cara el modo en el que vas reaccionando con lo que dice y que note que sigues el hilo a partir de pequeños comentarios que puedes dejar aquí y allá, sin llegar a hacerlos tan largos como para que constituyan una manera de interrumpirle”, dice Majo Cascales.

Lo importante es la conexión
Si has llegado hasta aquí, te cuento un poco más a propósito de mi discusión láctea. Mi argumento pro-grasa partía de una presentación de trabajo reciente durante la que destacados expertos en nutrición dieron argumentos a favor del consumo de la grasa láctea, siempre y cuando se tratara de personas sanas, sin afecciones cardiovasculares.
Resulta que dicho componente destaca por su aporte de energía, además de ser uno de los principales vehículos para la absorción de las llamadas vitaminas liposolubles (A, D, E y K)
No obstante, mi persona favorita insistía en la equiparación nutritiva de la leche entera y semidesnatada, argumentando que tenían las mismas propiedades. Seguimos cada una en nuestra propia posición, sin ceder un ápice, como si nos fuera la vida en ello.
Hasta que, dado un momento, me di cuenta de que, tuviera o no la razón, estábamos desaprovechando un momento estupendo para hablar de otras cuestiones quizá mucho más interesantes.
Es decir, fui consciente de que prefería ser feliz y conectar, aunque no tuviera, ni me la dieran, la razón.
Tras esta polémica he decidido entrenar una posición más flexible. Me explico: cuando la otra persona no coincide con mi posición, al primer no estoy de acuerdo me paro y escucho.
No lo hago con condescendencia, sino con atención a lo que me está transmitiendo el otro. Aunque no me convenza (ni yo a él) la escucha con presencia, al contrario que la destinada sólo a responder con mi argumento, me permite entrenar la flexibilidad dialéctica.
La otra persona, a la vez que me habla queriendo tener razón, me enseña a ver la misma cuestión desde otro enfoque, que es lo que verdaderamente me enriquece.
Así que ya lo tengo decidido: no deseo tener razón, pues de ello obtengo un beneficio como es que la competitividad de otras personas me entrena en el cambio de enfoque ante una misma situación, sin que por ello pierda mi opinión propia.
Y tú, ¿prefieres tener razón o vivir con conexión?
¡Felices Razones Flexibles! ¡Feliz Coaching!














