¿Heredamos los traumas de nuestros padres y abuelos?
La investigación apunta a que las experiencias extremas pueden dejar huellas en la conducta, en las relaciones familiares y, quizá, en ciertos mecanismos biológicos. Pero una mayor vulnerabilidad nunca equivale a un destino inevitable.
Las guerras, los abusos, la violencia familiar, los atentados o los duelos no solo afectan a quienes los viven directamente. En ocasiones, sus consecuencias parecen prolongarse en los hijos e incluso en los nietos. Esta posibilidad ha dado lugar al concepto de trauma transgeneracional.
Ahora bien, hablar de un trauma heredado no significa que el daño pase intacto de una generación a otra. La ciencia describe un proceso mucho más complejo, en el que intervienen el aprendizaje, el ambiente familiar, la memoria colectiva, las condiciones sociales y, posiblemente, algunos mecanismos epigenéticos.
«No es como un jarrón que vaya pasando intacto de generación en generación», explica Alicia Álvarez, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya.
Lo que podría transmitirse no es necesariamente el trauma en sí, sino una mayor sensibilidad ante el estrés, ciertas respuestas de miedo o formas de relacionarse condicionadas por experiencias dolorosas que no llegaron a procesarse.
Una herencia que no siempre es biológica
Una de las vías más evidentes de transmisión se encuentra en el comportamiento cotidiano.
Una persona que ha vivido una experiencia traumática puede desarrollar miedo, desconfianza, hipervigilancia o conductas de evitación. Sus hijos, al crecer en ese entorno, pueden aprender esas respuestas y asumirlas como una forma normal de protegerse.
Este proceso se conoce como aprendizaje vicario. El niño no hereda una fobia o un trauma en sentido genético, sino que incorpora comportamientos observados en las figuras adultas de referencia.
Los silencios familiares también tienen un papel importante. En algunas familias, determinados acontecimientos nunca se explican, aunque siguen presentes en la manera de comunicarse, de afrontar los conflictos o de expresar las emociones.
Así, un episodio ocurrido décadas atrás puede seguir influyendo en quienes no lo vivieron directamente.
La epigenética, bajo la lupa
La epigenética ha ampliado el debate sobre la transmisión del trauma. Esta disciplina estudia los mecanismos que regulan la actividad de los genes sin cambiar la secuencia del ADN. Dicho de otro modo, una experiencia extrema no modifica los genes de una persona, pero podría afectar a la forma en que algunos de ellos se activan o se desactivan.
Las investigaciones se centran especialmente en los genes relacionados con la respuesta al estrés y la detección de amenazas.
En 2025, un estudio publicado en Scientific Reports analizó a tres generaciones de familias refugiadas sirias expuestas a la violencia de la guerra. El trabajo identificó determinadas diferencias en la metilación del ADN, uno de los procesos que regulan la expresión genética.
Los resultados abren nuevas líneas de investigación, pero no permiten afirmar que el trauma se herede de forma automática. En humanos es muy difícil separar los posibles efectos biológicos de otros factores, como la educación, el contexto económico, las relaciones familiares o las experiencias infantiles.
Además, buena parte de los resultados más concluyentes procede de estudios con animales. En ratones se han observado efectos que alcanzan varias generaciones, pero trasladar esas conclusiones directamente a las personas sería simplificar en exceso.
La alarma cerebral que no se apaga
Para explicar la respuesta traumática, Álvarez utiliza el ejemplo de la amígdala, una región del cerebro implicada en la detección del peligro.
La amígdala funciona como una alarma. Cuando identifica una amenaza, activa rápidamente mecanismos de protección. El problema aparece cuando esa alarma se vuelve demasiado sensible y reacciona ante situaciones que no representan un peligro real.
Una persona traumatizada puede sobresaltarse con facilidad, interpretar como amenazantes estímulos neutros o mantenerse en alerta incluso en entornos seguros.
Algunos estudios investigan si las experiencias adversas vividas por una generación pueden relacionarse con cambios en el desarrollo cerebral o emocional de la siguiente. Sin embargo, estas conexiones todavía requieren más investigación.
Una reacción útil que puede volverse perjudicial
Las respuestas traumáticas no son, en su origen, absurdas ni irracionales. Muchas aparecen para facilitar la supervivencia.
La vigilancia constante, la evitación o una reacción intensa ante ciertos estímulos pueden resultar útiles mientras existe una amenaza real.
La dificultad surge cuando esas respuestas se mantienen después de que el peligro haya desaparecido.
En el trastorno de estrés postraumático, el cerebro continúa actuando como si la amenaza siguiera presente. La persona puede experimentar recuerdos intrusivos, pesadillas, miedo intenso, aislamiento o una sensación continua de inseguridad.
«Las respuestas que en su momento fueron adaptativas, si duran en el tiempo, se vuelven desadaptativas», señala Álvarez.
Tener una vulnerabilidad no significa desarrollar un trastorno
Dos personas pueden vivir una misma situación extrema y responder de manera muy distinta.
En el impacto influyen la personalidad, las experiencias previas, la edad, el entorno, las estrategias para afrontar el sufrimiento, la red de apoyo y el acceso a atención psicológica.
Por eso, una posible predisposición no debe interpretarse como una condena.
Conocer la historia familiar puede ayudar a comprender determinados patrones, pero no significa que una persona esté destinada a repetirlos. La prevención, el apoyo social y la terapia pueden reducir de forma importante los efectos del trauma.
La especialista subraya que, en términos generales, el trauma individual puede tratarse. Una intervención psicológica adecuada permite procesar lo ocurrido, disminuir los síntomas y recuperar una vida funcional.
Los traumas colectivos son más difíciles de abordar, porque dependen también de la memoria pública, la justicia, la reparación, la política y la forma en que una sociedad construye su relato histórico.
Pantallas, redes sociales e inteligencia artificial
La exposición al trauma ha adquirido nuevas dimensiones en la era digital.
Una persona puede sufrir un fuerte impacto psicológico sin haber presenciado directamente una guerra, un atentado o una catástrofe. La repetición de imágenes violentas en televisión, redes sociales o teléfonos móviles puede provocar estrés agudo y, en algunos casos, síntomas postraumáticos.
Álvarez recuerda que, tras los atentados de las Ramblas de Barcelona de 2017, no solo necesitaron apoyo psicológico quienes se encontraban en el lugar. También hubo personas afectadas por la exposición reiterada a las imágenes difundidas por los medios.
La inteligencia artificial puede aumentar este riesgo mediante la creación de imágenes falsas pero realistas, recreaciones violentas, suplantaciones de identidad y ultrafalsificaciones o deepfakes.
Una víctima puede verse obligada a revivir un episodio traumático cada vez que un contenido manipulado vuelve a circular. Aunque la imagen sea falsa, el daño emocional puede ser real.
Comprender el pasado para que no determine el futuro
La investigación actual no sostiene que el trauma se herede como una enfermedad inevitable o como una maldición familiar.
Lo que muestra es que las experiencias extremas pueden dejar rastros en la conducta, en la educación, en los vínculos familiares, en la memoria colectiva y, posiblemente, en algunos mecanismos de regulación biológica.
Estas huellas pueden influir en las generaciones posteriores, pero no determinan por completo su vida.
Identificar los patrones, hablar de lo ocurrido y acceder a ayuda profesional son pasos fundamentales para reducir el impacto. Comprender el origen del daño no obliga a repetirlo: puede ser precisamente la manera de interrumpir su transmisión.













