Hay veces en las que uno se siente tranquilo y, tras estar con otras personas, empieza a experimentar cierta inquietud, cierta tensión. Las palabras parece que no aportan la claridad que uno quiere y la comunicación inconsciente de los otros indica que la crispación se ha instalado en la conversación ¿te ha pasado a ti alguna vez?
Unos días atrás fui a tomar un café con varias vecinas. Son todas mujeres con las que ya existe una relación que se va consolidando.
Al llegar a la cafetería, intenté abordar un tema que realmente me preocupa, como es el de la polarización que, tanto política como socialmente, nos afecta en mayor o menor grado.
Nada más empezar a hablar, propuse un ejemplo que, días antes, me había impactado: un debate en la radio en el que tres personas y el moderador exponían sus ideas acerca del entorno político.
Lo que me había impresionado era que dos de los intervinientes, que coincidían al parecer en el enfoque político, interpelaban al tercer participante, una mujer que, llegado un momento, dijo que prefería no añadir nada más.
Fue el tono aversivo en los dos primeros, que se dirigían a su interlocutora prácticamente a gritos, lo que me desagradó.
Cuando intentaba compartir esto con mis vecinas, una de ellas, por lo que se ve a favor de la ideología política de los aludidos, me interrumpió y empezó a defender esa misma idea política de forma algo airada.
“¿Qué ocurre en nuestra forma de relacionarnos cuando empezamos a sentir presión o estrés?”, se pregunta Álex Rovira, escritor, conferenciante y creador del programa Conexión Humana; “no todos reaccionamos igual ante una misma situación; por ejemplo, hay personas que requieren hablar y sentirse escuchadas, compartir lo que sienten, saberse acompañadas”.
“En cambio otras, para sentirse bien necesitan retirarse durante un tiempo, pensar, ordenar lo que ha pasado, recuperando la comunicación con el otro cuando sienten que algo dentro se ha apaciguado”.
“Comprender estos lenguajes, estos códigos, nos ayuda a hacernos entender, a que nos entiendan, nos lleva a cultivar buenas relaciones, a elegir bien, a seleccionar y a saber qué podemos esperar de cada persona si somos capaces de conocernos y de conocerlas”, dice el autor de Homo Solver o Las siete llaves.
Códigos propios
Dice Rovira que hay veces que somos capaces de intuir estas demandas, aunque desconocemos una plantilla o estructura que nos dé claridad sobre esto; “entonces hacemos algo muy humano”, dice Rovira, “como es intentar tratar a los demás tal cual nos gustaría que nos trataran a nosotros y esto, a veces, funciona, pero no siempre”.
Para este experto, la explicación reside en que lo que para una persona implica calidez y acogimiento, para otra puede ser algo invasivo.
“Es así como la claridad y la franqueza pueden ser interpretadas por otros como mala educación o brusquedad”, dice Álex Rovira; “lo que interpreto como distancia, para el otro significa darse un espacio y un tiempo, alejarse para entender qué está ocurriendo”.
“En este punto es donde pueden aparecer los desencuentros que, posteriormente, solemos atribuir a otras cosas y que expresamos con frases como es muy exigente, es tan sensible que no puedes decirle nada, nunca dice lo que siente, siempre quiere tener razón, no entiendo por qué reacciona de esta manera”.
¿Cómo entender la irritación, el enfado, la exasperación, el nerviosismo, en fin, la crispación? Álex Rovira propone que hagamos las siguientes reflexiones:
- Quizá la cuestión no sea por qué esa persona es así, por lo que puedes preguntarte: ¿estás comprendiendo su manera de ser, hacer y estar o la estás interpretando desde la tuya?
- ¿Estás viendo a esa persona o tus proyecciones? ¿la estás interpretando desde tus códigos?
- Aprender a mirar a los demás puede cambiar profundamente nuestra manera de relacionarnos, incluso puede modificar la manera en la que nos miramos a nosotros mismos.
- ¿Qué partes de tu personalidad aparecen con mayor fuerza cuando estás sometido a situaciones que te generan estrés?
- Evita los juicios y etiquetas. Amplía tu mirada para comprender que cada persona es más rica y compleja de lo que percibes a primera vista.
- Cuanto más comprendas esas diferencias, mejor elegirás, mejor te comunicarás, cuidarás esas relaciones valiosas, “para tomar distancia de aquéllas que te hacen daño y en las que, en el peor de los casos, la otra persona disfruta haciendo el mal”, dice Rovira.
- Negociación. Las personas tenemos lo que somos capaces de negociar, con nosotros mismos y con los demás. Negociar implica comprender, seguir un diálogo para el acuerdo. “A veces, para querer que alguien nos escuche, nos comprenda e, incluso, cambie, necesitamos insistir más, explicar más, jugar, presionar o manipular más”, dice Álex Rovira; “sin embargo, cuanto más insistimos, más se protege el otro, llegando incluso a enfadarse o a irse”.

El efecto de los otros en ti
Un aforismo popular dice que El efecto de las personas exquisitas se siente cuando ya se han marchado. Sin llegar a tal extremo, es importante que nos planteemos qué efecto tienen determinadas relaciones en nosotros.
“Si pasamos la mayor parte de nuestro tiempo con relaciones basadas en el desprecio, el sarcasmo, la crítica, la envidia, la desconfianza o el conflicto permanente, el mal pensamiento constante dejará una huella negativa en nosotros”, dice Rovira.
“Ello no implica que debamos alejarnos de todo aquél que piense distinto de nosotros, ya que el otro puede tener la intención de aportar una visión honesta y sincera distinta de la nuestra, con lo que en el debate podemos crecer”, dice Rovira; “no obstante, es preciso distinguir qué relaciones nos hacen crecer, atravesando incluso momentos difíciles de controversia, de otras relaciones que nos van apagando, empequeñeciendo o haciendo daño de forma sostenida”.
Otra cuestión son las relaciones que nos suman, para las que Álex Rovira propone dos preguntas: ¿Qué características tienen las relaciones que te hacen bien? ¿Qué ocurre en las relaciones en las que sientes que puedes crecer, confiar y ser quien eres?
“Existen dos señales propias de las relaciones que funcionan: la paz y la alegría”, dice este experto; “estar con una persona sin tener que estar a la defensiva, mostrándote tal y como eres, compartiendo lo que se te ocurre, disfrutando juntos y sabiendo que, si llega un momento difícil, hay una voluntad por ambas partes de cuidarse y comprenderse”.
Sin crispaciones
Si has llegado hasta aquí, te cuento algo más de mi experiencia con la crispación. En el momento en que Mónica me interrumpió, me di cuenta de que ya no era posible abrir un debate sobre la crispación, pues ésta había tomado forma y se había colocado en el centro de la conversación.
El resto se debatía entre el no me gusta hablar de política y el yo es que soy de esa ideología, siempre lo he sido.
Yo no podía dar crédito. Resulta que el tema que proponía (que intenté proponer, sin éxito) era el del enfrentamiento y la crispación. Es más, estuve tentada, en un principio, de rematar mi primera frase con la idea de que compartía con ellas el tema porque me sentía en confianza, porque en ese entorno no había (eso pensaba yo) crispación alguna. Me equivocaba, claro.
Por cierto, ayer por la tarde tuve que ir al mercado. En un momento dado, mientras esperábamos el turno, iniciamos un debate entre otra clienta y el pescadero a propósito del desperdicio alimentario.
Sin crispación, el diálogo discurrió de forma amable y con corrección. Una delicia.
De esto extraigo una conclusión: en ocasiones, el tiempo y espacio del debate es preciso elegirlo con atención. Con naturalidad, también, aunque leyendo siempre la comunicación inconsciente, esos gestos y mohínes que hacemos sin percatarnos de ello, aunque nuestros cerebros los lean a la primera.
La próxima vez estaré más atenta acerca de dónde y con quién puedo y quiero debatir.
¡Felices Conversaciones sin Crispación! ¡Feliz Coaching!













