Las paradojas del duelo

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Hay veces en las que la pérdida de un ser cercano nos provoca sensaciones encontradas; culturalmente nos enseñan que es casi obligado “hablar bien” de quien se ha ido; sin embargo, ¿qué ocurre cuando lo que sentimos por esa persona no es positivo? ¿Qué pasa cuando notamos el resentimiento hacia ese familiar o aquella conocida por lo que fuera que nos ocurriese en el pasado? ¿Cómo podemos recolocar nuestras emociones? Te invito a confrontar las paradojas del duelo. 

Hace unos días una coachee me confesaba, en una sesión telefónica, que tras la pérdida de un familiar allegado le era imposible no sólo llorar, sino sentir tristeza: “es más”, me argumentaba, “hace dos años murió mi mascota, un conejo, y lo he llorado y añorado mucho más desde el primer momento”. Pilar decía sentirse culpable al comparar ambas situaciones. Durante la primera sesión de Coaching se dio cuenta de que la relación con su familiar había sido muy tóxica para ella y, como se sentía única responsable del hecho, se había bloqueado emocionalmente.

Puede ocurrir que alguna de estas paradojas del duelo se dé como resultado de que la relación con dicha persona haya sido forzada por las circunstancia. Por ejemplo, que se trate de un familiar cercano, y al faltar creamos que ha desaparecido la posibilidad de expresarle lo que sentíamos con respecto a esa relación. O puede ser que, a lo largo de los años, no nos hayamos planteado la realidad, nuestra realidad, acerca del nexo con dicha persona y sea ahora el momento en el que reflexionamos, apareciendo emociones de culpa, rabia o tristeza.

Recolocando emociones

Sea como fuere, si es ésta tu situación, desde el Coaching te propongo que te encares con la emoción, evitando el juicio tanto a ti misma como hacia otras personas y, por tanto, respetando lo que sientes. Te incito a que formules unas preguntas a tu emoción:

  1. ¿Qué emoción eres?
  2. ¿Cómo te expresas en mi interior?
  3. ¿Para qué apareces en este momento?
  4. ¿Cómo puedo confrontarte y compartirte?
  5. ¿Para qué me juzgo? ¿para qué juzgo a la otra persona? ¿qué tienes que ver en esto?
  6. ¿Qué quieres de mí?
  7. ¿Cómo me vas a ayudar?

Para hacer estas preguntas a tu emoción y a ti misma, puedes crear una escena: dos sillas enfrentadas; en una de ellas te sientas tú, en la otra visualizas a tu emoción. Si te parece bien, cuando sepas de qué sentimiento se trata, mueve las sillas de lugar, ponlas de nuevo enfrentadas y visualiza ahora a la persona con la que mantienes el conflicto, aunque se haya ido.

  • Exprésale cómo ves vuestra relación a lo largo de este tiempo. Si te es posible, habla con un lenguaje lo más neutro de que seas capaz y sé lo más asertiva que puedas; evita el juicio hacia esa persona y hacia ti.
  • ¿Qué crees que te diría ella o él? Te invito a que emplees la herramienta de la compasión inteligente: empatizar, acompañar y ayudar a esa persona que traes a tu imaginación; también contigo mismo.
  • Te propongo que “hagas las paces” con tu familiar o persona cercana. Puedes hacer, si lo deseas, el esfuerzo de reconciliarte, entrenando tus herramientas de comprensión, reconocimiento y agradecimiento hacia todo aquello que hayas aprendido de esa persona (incluso aunque en este momento no lo comprendas del todo)
  • En este proceso puede ayudarte un aspecto importante en términos de Coaching: casi todo lo que aprendes, es porque previamente lo has enseñado; ¿qué significa para ti este pensamiento?

Recuerda también que, desde el Coaching, casi todo lo que nos pasa ocurre para algo; ¿cuál es ese para algo en tu proceso de duelo hacia esa persona?

¡Feliz Paradoja!, ¡Feliz Coaching!

 

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