La crueldad de un duelo sin despedidas

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Si el duelo es ya de por sí una experiencia desgarradora, su intensidad se incrementa cuando el proceso debe realizarse sin despedidas, sin poder apretar la mano de la persona que se va. Su dolor se acrecienta cuando hemos de asimilar que nuestro ser querido no está, ni estará, sin haber podido cumplir los rituales que puedan atenuar la pena, sin haber podido siquiera reconocer su cuerpo.

Una de las consecuencias más duras de esta situación que vivimos es, sin duda la soledad. Esa que marca la enfermedad, la soledad en la que el paciente debe afrontar su proceso y esa en la que, desgraciadamente, se marchan aquellos que no pueden superarla.

¿Cómo será el duelo de los hijos, padres, amigos, de las miles de personas que están falleciendo a causa del COVID-19? ¿Cómo se recrudece el proceso lógico de la pérdida cuando no hay despedidas? ¿Qué consecuencias tendrá para la salud psíquica de aquellos que no han podido decir adiós? ¿Hemos de temer que los duelos, estos duelos por coronavirus, se conviertan en patológicos?

Con respecto a esta última pregunta, la psicóloga Amaya Terrón asegura que esto podría ocurrir, que los duelos en esta crisis sanitaria «tienden a patologizarse, se hacen más complicados, las fases se transitan de una forma mucho más intensa. A veces incluso podemos estancarnos en alguna de ellas y no se puede avanzar. Podemos decir que sí, que el duelo en tiempos de COVID-19 es un duelo más complicado, patológico».

Recordemos que las fases del duelo: la primera de ellas es el sok, «una fase rápida si todo va bien», cuando se recibe la noticia. La segunda es la negación, el «no creerse» lo que ha sucedido. La tercera fase es la de la ira, la de la culpa, «donde nos peleamos con la enfermedad, con los médicos, con todo, porque la ira es una emoción tan potente que hemos de depositarla en algún lado». Después llega la tristeza, una fase en la que «nos da mucho miedo entrar porque somos una sociedad que nos dice que ese sentimiento es negativo. Y la tristeza no es negativa, es necesaria», recuerda la experta, y quizá sea la fase más larga, sobre la que hay que tener mucho cuidado para que no se cronifique. La negociación es la siguiente fase, aquella en la que se busca el por qué, el sentido a lo que ha pasado. Tras ella llega una más tranquila, la aceptación, en la que «nos relacionamos con nuestro familiar desde la ausencia. La siguiente es la Terrón llama «del dolor dulce«, porque es aquella en la nos permitimos sonreír al recordar. «El dolor no desaparece pero es un dolor distinto, no tan ácido, no tan fuerte».

«El duelo es el precio por haber amado» 

 

Importancia del ritual de despedida

En la situación que vivimos, aquellas miles de familias que han perdido a un ser querido por coronavirus no solo no han podido despedirse de él, sino que además en demasiados casos no se ha contado con el cuerpo presente. Hecho que la psicóloga considera de vital importancia. Explica que el ritual del velatorio «nos hace transitar rápidamente por la fase de la negación. Y ahora no tenemos la oportunidad de tener ese cuerpo presente, por lo que esta fase tenderá a cronificarse y será donde tendremos que trabajar más para que las personas no se enquisten en la fantasía de que haya podido haber un error y pensar que a lo mejor no está muerto».

Por tanto la despedida es un ritual muy importante. Tanto, que la psicóloga cree que es bueno, en estos días, hacerla «aunque sea de forma simbólica». Cada cual ha de encontrar el modo, como apunta la experta: desde escribir una carta a nuestro ser querido, a dejar una nota donde vaya a ser enterrado explicando lo que sentimos, etc. De hecho, en las últimas semanas existen numerosas iniciativas que facilitan estas «despedidas simbólicas» a través de las redes sociales.

Al quedarnos enganchados en una fase, y no transitar hacia la siguiente, es lo que desemboca en el duelo patológico.

Tal vez sea bueno recordar que «el duelo es el precio por haber amado«, como subraya Terrón.

 

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