«La radio es el gran camino para llegar a los demás y a mí mismo»

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Así explica Andrés Caparrós lo que supuso, y supone hoy también, la radio, ese medio de comunicación al que ha dedicado su vida. Ese medio que, como asegura, llegó en su juventud para conseguir que un niño solitario empezara «a hacerse hombre cuando la casualidad lo enfrentó a un micrófono».
El popular profesional radiofónico Andrés Caparrós es la imagen en nuestro país de la editorial Familiam, que acaba de lanzar en el mercado español unos libros muy originales que están llamados a convertirse en el legado familiar más auténtico: Abuelo, háblame de ti; Abuela, háblame de ti. Se trata de dos libros que, con un formato y estética muy original, facilita que abuelos y abuelas puedan dejar sobre el papel todos los recuerdos de su niñez, echar la vista atrás y traer al presente cómo eran sus padres, cómo se conocieron, cómo recuerdan el nacimiento de sus hijos, cómo ven ellos a su familia.

 

¿Cómo llegas a esta aventura?

Pues a través de una llamada de teléfono de mi hijo Andrés, y una propuesta de la editorial checa que tiene un encanto y una oportunidad como no se podría encontrar mejor, en este momento en el que los “mayorcicos” estamos siendo descartados más que nunca. Como yo, como nos ocurre a todos los abuelos, lo que más quiero es verme rodeado de mis nietos y contarles mi vida que, en definitiva, es la suya. Porque la vida de los abuelos es también la vida de los hijos y de los nietos. Estoy encantado con esta aventura y cada vez más, por el eco que está teniendo.

Por lo que dices, no solo es el regalo perfecto para los abuelos, también lo es para toda la familia.

Sí, así lo veo yo. Cuando no hace mucho vinieron el batallón de mis nietos, que tengo nueve, y me avasallaron a preguntas, recuerdo que percibí en mi hijo Andrés y en mi hija Alejandra un poco como de “celillos”, como que se sentían niños de nuevo y querían también preguntarme lo que sus hijos me estaban preguntando. Es un regalo para todos.

¿Cuántas vivencias de los abuelos se van a descubrir al ir rellenando las páginas del libro que, seguramente, no se hayan contado?

En mi caso concreto te diré que hay más lágrimas que risas, sobre todo cuando respondía a cómo fue mi infancia, qué recordaba de mi padre, de mi madre. Preguntarle eso a un hijo de la postguerra como soy yo, y además un hijo de los perdedores, de los vencidos, es evocar la herida. Es la vida de un niño que se crió muy solo, a la vera de la mar, cantando las canciones de Antonio Molina, y encontrando ahí una vía de escape, una especie de complicidad de la mar que parecía acompañarme y consolarme. Y a partir de ahí, he contado cómo empecé a estudiar, cómo empecé en la radio, cómo conocí a la abuela (se ríe). Aquí todos esperaban con avidez la respuesta. Ha sido muy emotivo y aunque hubo penillas al principio, llegan después la alegría de encontrar a una mujer maravillosa, como es la mía, de tener los hijos que he tenido que también son fantásticos los cuatro.

«Lo que más quiero es verme rodeado de mis nietos y contarles mi vida y, en definitiva la suya»

¿Fue tan duro recordar tu infancia?

Esa es mi infancia. Hay dos esquinas, o dos rincones, claros. Por un lado, en un lado estaba mi padre con una invalidez que le incapacitaba para pelear. Después lo supe. Eran los años 40 cuando todavía se mantenía la espada de Damocles con quienes habían perdido la guerra. Vivíamos en un pueblo pequeño donde, además, había habido un hecho trágico, una situación muy dura. Y ahí estaba mi padre, sumido en un miedo casi permanente. Y en el otro lado estaba mi madre que era todo coraje, cosía todo el día, y cantaba siempre. Ahí estaba yo, entre el semblante serio e irritable de mi padre y la alegría de mi madre, a la que nunca le faltó la sonrisa. Hace tiempo compuse una nana para ella, hablando de eso, de la fuerza de leona que tuvo mi madre. Y fíjate, creo que puede ser oportuno recordar ahora algo que mi padre nos decía mucho: “Tenéis que querer y homenajear siempre a vuestra madre. Porque vuestra madre, como todas las madres de los hijos nacidos en la postguerra, merecen un homenaje nacional”. Ahora que se habla tanto de la memoria histórica, esa es, en nombre de mi padre, una reivindicación que yo haría. El reconocimiento al mérito enorme la madres de los hijos “paríos en camas de lágrimas y humillación”, como dice la canción.

» A los mayores, sobre todo, el descarte nos suena muy mal, suena a tragedia irremediable»

Esas vivencias más tristes se suman a todas las que conforman tu vida hasta hoy. Cuando tus nietos lean el libro, ¿con qué imagen crees que se quedarán de su abuelo? Porque seguro que hay muchas vivencias que desconocían.

Pues como un niño solitario que empieza a hacerse hombre cuando la casualidad lo enfrentó a un micrófono. A partir de ahí encontré la gran escuela y el gran camino para llegar a la gente y, sobre todo, para llegar a mí, a mí mismo, para poner en cada palabra y en cada programa lo que me parece que debe ser primordial para que la comunicación se consiga de un modo profundo con el oyente. Ser sincero y que esa sea la norma a través de la vida. La honestidad, la sencillez y la humildad. Lo cierto es que no me he planteado nunca cómo quiero que me recuerden mis nietos, pero tal vez mi epitafio estaría bien si dijera: “Hizo lo que pudo”.

Caparrós en la Cadena Ser, en 1966, cuando tenía 22 años.

La radio es parte esencial de tu vida. ¿Qué papel crees que tiene ahora, en la situación que vivimos, este medio de comunicación?

Lo fue para mí y creo que es para todo el mundo, el medio que consuela, que está ahí. Joaquín Serrano, a quien recuerdo tanto y reconozco tanto mérito, como a los maestros Boby Deglané, José Luis Péquer, Joaquín Prat o Juan de Toro, decía que él había optado por una de las dos posibilidades que apuesta alguien que se dedica a esto. Una es el afán de poder, de conseguir una gran audiencia o ganar mucho dinero, y la otra es sencillamente el trabajo de hacer camino, del llegar a la gente con la palabra y con objetividad, sin el afán de ningún sectarismo. Y yo creo que eso es lo que, en estos momentos, hace más falta. No hay que usar a los medios de comunicación y a los líderes de audiencia como adalides para defender un bastión determinado, de derechas o de izquierdas, o de lo que sea. Hay que llegar a la gente, decirles cómo soy, cómo lo veo y tú decides. Porque igual que tú, yo sufro, igual que tú, yo le temo a la muerte. Este es un gran momento para seguir el consejo que dio el Papa no hace mucho tiempo, a los jóvenes y a los mayores: “No permitáis que se os descarte”. A los mayores, sobre todo, el descarte nos suena muy mal, suena a tragedia irremediable porque los jóvenes tienen la opción de renacer, de reivindicarse, de pelear, pero los mayores o es ahora o no será nunca. Y esto es lo que yo quiero hacer con la radio. Y lo hago con humildad, y con una semilla de ánimo y de esperanza para todo el mundo.

Eres un hombre inquieto. ¿En qué estás ahora, Andrés?

Yo siempre tengo una canción en la cabeza. Grabo cosas, hago transmisiones a través de las redes sociales, y ahora estoy a punto, con compañeros de la Cadena Ser de los tiempos maravillosos de la juventud, de incorporarme a un proyecto radiofónico que se llamará Diamante FM, que empezará a emitir en diciembre.

Andrés Caparrós con sus nietas, revisando «Abuelo, háblame de ti».

Para terminar Andrés, ¿cómo estás llevando esta crisis sanitaria?

Pues como todos. En primer lugar con cierta dosis de incredulidad, preguntándote cómo es posible esto, si estábamos tan tranquilos, disfrutando con los amigos, reuniéndonos, abrazándonos. Y cómo es posible que yo no pueda abrazar a mis nietos y dejar que ellos me abracen. Los mayores lo aceptan pero las pequeñitas, mis nietas Julia y Amaya lloran cuando vienen y no podemos abrazarnos. Es una cosa terrible. Nos hemos acostumbrado a la mascarilla, a todo, y esperamos que llegue más pronto que tarde la solución definitiva, y a que los políticos se pongan de acuerdo y se atengan a lo que es verdaderamente prioritario.

¿Sigues manteniendo la esperanza y la fe en el ser humano?

Es que si nos dejamos llevar por las cosas que están pasando, por la impericia, la falta del sentido de civilización, te da mucho coraje. Hay que aferrarse a la esperanza y la convicción de que se impondrá el tesón de unos científicos que buscan la solución.

 

 

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