Artritis y artrosis en la edad avanzada: prevención, cuidados y bienestar.
La artritis y la artrosis son dos de las afecciones articulares más frecuentes entre las personas mayores. Aunque a menudo se utilizan como sinónimos, se trata de enfermedades diferentes que requieren abordajes específicos.
Mientras que la artritis se caracteriza por la inflamación de las articulaciones, la artrosis está relacionada con el desgaste progresivo del cartílago provocado por el envejecimiento y el uso continuado de las articulaciones. Identificar correctamente cada patología es fundamental para recibir el tratamiento más adecuado y mejorar la calidad de vida.
Por ello, el primer paso debe ser siempre contar con una valoración médica que permita establecer un diagnóstico preciso y diseñar un plan de atención adaptado a las necesidades de cada persona.
Junto al tratamiento profesional, el papel de quienes cuidan adquiere una relevancia especial. Su labor no se limita a ayudar en las tareas cotidianas, sino que incluye acompañar emocionalmente, observar posibles cambios en el estado de salud, facilitar el seguimiento de los tratamientos y promover hábitos que contribuyan al bienestar físico y emocional.
Los síntomas de estas enfermedades pueden manifestarse de distintas formas y no siempre se limitan al dolor articular. Entre los signos más habituales destacan:
Además de estos síntomas, conviene prestar atención a señales menos evidentes. Por ejemplo, cuando una persona comienza a evitar actividades que antes realizaba con normalidad, tarda más tiempo en vestirse o asearse, o muestra molestias al levantarse y desplazarse.
Detectar estos cambios y consultar con profesionales sanitarios puede favorecer un diagnóstico temprano, un factor que resulta determinante para mejorar la eficacia de los tratamientos y prevenir complicaciones.
Aunque cada caso requiere un seguimiento individualizado, existen algunas medidas que pueden contribuir a preservar la autonomía y el bienestar de las personas mayores con artritis o artrosis.
– Conocer y seguir correctamente el tratamiento: es recomendable que las personas cuidadoras conozcan el plan terapéutico pautado por el equipo médico. Esto facilita el seguimiento de la medicación, ayuda a evitar olvidos y permite comprender mejor sus efectos, posibles limitaciones o interacciones con otros tratamientos.
– Adaptar el hogar para favorecer la autonomía: cuando existen dificultades de movilidad, pequeñas modificaciones en el entorno pueden marcar una gran diferencia. Despejar zonas de paso, reorganizar espacios o eliminar obstáculos ayuda a reducir riesgos y facilita los desplazamientos dentro de la vivienda. Además, existen numerosas ayudas técnicas diseñadas para mantener la independencia en las actividades diarias.
Utensilios de cocina adaptados, abrelatas ergonómicos, sillas de ducha, cepillos de dientes con mangos especiales, peines de mango largo, calzadores o tiradores para cremalleras son algunos ejemplos de recursos que pueden hacer más sencillas tareas cotidianas como cocinar, asearse o vestirse.
– Mantener hábitos saludables: la actividad física adaptada es uno de los pilares para cuidar la salud articular. Caminar, nadar, practicar tai chi o realizar ejercicios suaves de movilidad contribuye a mantener la flexibilidad, fortalecer la musculatura y reducir la rigidez sin sobrecargar las articulaciones. La alimentación también desempeña un papel importante. Mantener un peso saludable ayuda a disminuir la presión sobre articulaciones especialmente sensibles, como las rodillas o las caderas, favoreciendo una mejor movilidad.
– Valorar terapias complementarias: algunas medidas complementarias pueden contribuir a aliviar las molestias asociadas a estas patologías. Entre ellas destacan la aplicación de calor o frío, la hidroterapia o la terapia ocupacional.
– Cuidar el bienestar emocional y social: la salud emocional es un aspecto inseparable del bienestar físico. El dolor persistente o las limitaciones funcionales pueden afectar al estado de ánimo y favorecer el aislamiento social. Por ello, resulta importante promover la participación en actividades que permitan mantener relaciones sociales, estimular las capacidades cognitivas y disfrutar del tiempo libre. Talleres, actividades culturales, programas de envejecimiento activo o grupos de encuentro pueden contribuir a mejorar la calidad de vida y reforzar el sentimiento de autonomía y pertenencia.
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