La nueva tendencia símbolo de la pandemia

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Con la llegada de la COVID-19, ha surgido un cambio en nuestra sociedad que nos impone tomar una serie de medidas de higiene y de protección sanitarias, para prevenir la infección y su propagación.

Se dice que el contagio puede producirse de tres maneras, bien sea por contacto directo, indirecto, o por vía aérea, a través de gotas que viajan en el aire y que se generan al hablar, toser o estornudar, (conocido como el efecto aerosol), por lo que se hace imperativo seguir las respectivas normas de control y prevención.

En este sentido, es ampliamente conocido que para evitar contraer la enfermedad, por contacto directo o indirecto, se debe observar una correcta higiene y limpieza de nuestros espacios, manteniendo las áreas ventiladas y desinfectadas, motivo por el que se recomienda el uso de guantes en situaciones de alto riesgo, además de lavar frecuentemente las manos con abundante agua y jabón, o con productos de desinfección.

Para evitar la transmisión por vía aérea, se indica el distanciamiento social, junto con el uso obligatorio de la mascarilla. Este accesorio, también es conocido con otros nombres, tales como: tapabocas, barbijo, careta, y cubre bocas, y su importancia radica, en que cumple una función de protección, ante los agentes patógenos del entorno, al actuar como barrera, para impedir su inhalación. Mientras que en aquellos casos, en los que el usuario es portador de alguna enfermedad, permite resguardar a los demás, de un posible contagio o transmisión.

Por tal motivo, ante el surgimiento de esta pandemia, la mascarilla, se ha convertido en imagen y tendencia, ya que además de su comprobada eficacia y utilidad, ha generado gran cantidad de memes, chistes, polémicas, controversias, y hasta inclusive protestas, ante la negativa de algunas personas a usarla, lo que ha traído como consecuencia, críticas, multas, sanciones y fuertes represiones, por parte de las autoridades de algunos regiones.

Sin embargo, después de varios contagios memorables que incluyen a miembros de la realeza, jefes de Estado, presidentes y altos funcionarios gubernamentales, artistas, deportistas, de todas las élites, rangos, edades y clases sociales, ante la contundencia de las evidencias que validan su eficiencia, su uso ha sido adoptado como medida de protección y seguridad.

Pero estas circunstancias, en modo alguno son únicas o inéditas, ya que si hacemos un breve recorrido por la historia, observamos que las epidemias nos vienen azotando desde la antigüedad, y nos sorprenderá saber, que aunque el barbijo, sea un accesorio de probada eficiencia demostrada por la ciencia, por paradójico que parezca, al igual que en el presente, también en el pasado, el ser humano se ha resistido a utilizarlo.

Haciendo una retrospectiva, vemos que la primera epidemia de la que se tiene registro, afectó al Imperio Romano (Imperio Bizantino), en la primavera del año 542 d.C., y fue conocida como la peste bubónica, también llamada, la Plaga de Justiniano, en honor a su emperador, que resultó infectado y satisfactoriamente recuperado.

Después, a finales de la Edad Media (1340-1400 d.C.), la humanidad enfrentó el resurgir de la peste bubónica, a la que llamaron la peste negra, que en esta oportunidad, diezmó a un tercio de la población, afectando las condiciones de vida, lo que trajo como consecuencia, que la sociedad se tornase más violenta, aumentando las guerras, el crimen, la persecución y las revueltas.

Fue en esa ocasión cuando surgió la idea del tapabocas, ya que los médicos, para evitar el mal olor del aire viciado producto de la infección de sus pacientes, incluyeron en su atuendo, el uso de una máscara como prolongación de la nariz, con forma de pico de pájaro, en el que colocaban plantas aromáticas.

Por lo antes expuesto, la plaga de la peste bubónica, se convirtió en objeto de estudio e investigación, y la ciencia determinó, que la enfermedad se transmitía a través de la mordedura de las pulgas infectadas, por lo que este insecto fue identificado como el vector de transmisión.

En este sentido, en 1847, Ignaz Semmelweis, profesor del hospital de Viena, descubrió que estas infecciones eran causadas por bacterias.

A mediados del siglo XIX, en 1855, la peste bubónica, regresó por tercera vez, y al igual que los brotes anteriores, también se inició en Asia Oriental, extendiéndose desde la provincia china de Yunnan hasta Hong Kong, llegando a la India en 1896, desde donde continuó propagándose al resto de las ciudades portuarias, para finalmente arribar a Hawái en 1899.

Mientras tanto los científicos seguían investigando, y en el año 1861, el microbiólogo francés Louis Pasteur, con la identificación de estos microbios, desarrolló la teoría microbiana, concluyendo, que esos gérmenes, son los causantes de enfermedades que pueden llegar a ser mortales.

Posteriormente, desarrolló la teoría germinal, para demostrar que estos virus y bacterias, son agentes patógenos que también flotan en el aire y se transmiten de persona a persona.

En 1890, como resultado de sus investigaciones, el patólogo alemán Ledersch, llegó a la conclusión, de que estos gérmenes, se alojaban en los hospitales y en particular en las salas de operaciones, por lo que fue el primero en recomendar al personal sanitario el uso de la mascarilla, como elemento de protección.

En 1910, cuando en Manchuria, al norte de China, surgió un nuevo brote de la peste bubónica, también fue llamada la peste China, por haberse originado en esa región.

Esta epidemia, se extendió y propagó rápidamente, con una tasa de mortalidad, del ciento por ciento, ya que luego de experimentar los primeros síntomas, las personas infectadas, fallecían en un lapso de 24 a 48 horas.

Por este motivo, en Febrero de 1911 pidieron al doctor Wu Lien Teh, que se trasladara a Manchuria, debido a que el brote que había en esa región, coincidía con sus recientes descubrimientos, que afirmaban, que además de los efectos conocidos de la peste bubónica, que producían la inflamación de los ganglios linfáticos, en esta oportunidad, la enfermedad, también estaba afectando a los pulmones y se podía transmitir a través del aire, cuando las gotas de saliva penetraban por la nariz, motivo por el que la bautizaron como la peste neumónica.

Es por ello, que a partir de ese momento, se impuso al personal sanitario y a la población del continente asiático, la obligatoriedad del uso de la mascarilla, que en aquel momento se convirtió en todo un reto, tanto por lo innovador como por lo complicado que resultaba, que la población acostumbrada a la medicina tradicional, aceptara un cambio tan radical.

Sin embargo, según explica el doctor Wu en su biografía, ante esta resistencia, surgió un acontecimiento que sacó a la población de su letargo y negación, y fue el que se produjo cuando su colega francés Gérald Mesny, al visitar un hospital sin protección, se infectó y posteriormente murió.

Después de este lamentable acontecimiento, y gracias a las fotografías publicadas por la prensa, el uso y demanda del cubre bocas se extendió, y se convirtió en imagen de la epidemia.

Pero fue a partir de 1918, con el surgimiento de la llamada gripe española, considerada como la pandemia más devastadora de la historia, que al extenderse por el mundo, hizo patente la idea de la globalización, y ante el temor de su propagación, nuevamente la mascarilla se impuso, para resguardar a la población.

Ahora se sabe, que el foco letal de esta epidemia que producía la insuficiencia respiratoria, fue causado por un brote de influenza del virus A, del subtipo H1N1.

Como es evidente, continuamente siguen surgiendo nuevos virus, gripes y epidemias, tal como lo evidencian otros brotes, como el del año 2003, llamado síndrome respiratorio agudo, (SARS), que se originó, al sur de China, más sin embargo, hay un denominador común como elemento de protección, cual es el uso del cubre bocas, que en esa oportunidad alcanzó su punto máximo de protagonismo en los países asiáticos.

Luego, en el 2004, surge en la misma región, la llamada gripe aviar, y, en el 2009, el H1N1, para las que el uso del barbijo, siguió siendo el elemento imprescindible.

Después de este recorrido, vemos que los pobladores de los países asiáticos, forzados por sus circunstancias históricas, han asumido el uso cotidiano del tapabocas, como un accesorio esencial de protección ante la gripe, los virus y la contaminación.

Sin embargo, en Occidente, aún mostramos cierta resistencia, ya que lo identificamos como un elemento propio del personal sanitario y de los centros médicos y hospitalarios.

Ante estos acontecimientos, observamos que el tapabocas, ha evolucionado, y se ha diversificado, incorporando nuevos elementos para garantizar la seguridad de sus usuarios, en atención a las condiciones y el ambiente en el que será utilizado.

Además de su eficacia y utilidad, también es tendencia de moda, ya que se trata de un accesorio versátil, que se ha convertido en símbolo de la expresión artística popular, por lo que los hay de diversos diseños y materiales, bien sean de marca o artesanales, y para el que se usan distintos materiales,

En tiempos de Covid-19, (SARS-CoV2), podemos concluir que aunque creemos estar viviendo un hecho único, sin precedentes, es evidente que no es así, ya que las epidemias son una constante en la historia, tal como lo ha sido nuestra resistencia a utilizar el barbijo de manera correcta con responsabilidad y conciencia.

Por tal motivo, es necesario, vencer esta percepción, ya que en estas circunstancias, este accesorio versátil y sencillo, que ahora también se ha convertido en una expresión cultural de la modernidad, es nuestro principal aliado, cuando se trata de proteger nuestra salud y preservar nuestra integridad.

«Cuando se trata de PREVENCIÓN, el barbijo es la mejor opción».

«Aunque cubramos nuestros rostros, desnudemos la mirada, porque sabemos que los ojos, son el espejo del alma».

 

Nancy América Pérez Barreiro

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