Llegó el día. Era Nochebuena. Ese día temido en el que tendría que decidir si acompañaría o no a sus hijos y nietos en la cena familiar. Ella no estaba. Se fue hace poco más de un año y aún dolía mucho su ausencia.

Se fue y, desde entonces, la pena era su compañera a diario y la añoranza se había convertido en parte del mobiliario de su hogar. La echaba de menos, mucho. Necesitaba tenerla cerca, como fue siempre desde que se conocieron cuando tenían poco más de 17 años y la vida no tenía fecha de caducidad.

Ambos superaron muchas cosas a lo largo de esa vida, se sobrepusieron a malas rachas económicas y emocionales, pero lo hicieron juntos. Ahora estaba solo, sin ella. Y en Nochebuena.

Le hacía falta su mirada serena que mil veces calmó su genio y su impulsividad. Necesitaba su mano, experta en confortar. Ella sí sabría decirle qué hacer esta noche. Cómo sentarse a la mesa con todos pero… sin ella.

Miraba su fotografía, colocada estratégicamente a su lado en la mesilla de noche. Su sonrisa eterna tenía la respuesta. Le invitaba a compartir noche y mantel con los suyos. Sus hijos y sus nietos siguen aquí y le necesitan. Él no podía olvidarse de lo que ellos disfrutaban sintiéndole al lado, compartiendo confidencias y experiencias. Y lo que a él le gustaba estar con todos.

Iría a esa cena y disfrutaría de ella porque así debía ser. Porque tenerles cerca es un regalo que no podía obviar. Ellos, él y ellos, eran lo mismo. La familia. Además, ella estaría, seguro, con ellos. Su luz les acompañará esta noche a todos como lo hacía cada día.

Se sentaría en esa mesa y participaría de la fiesta que supone el reencontrarse, tenerse, sentirse. Sus hijos, y también sus nietos, eran motivo de satisfacción para él. Eran los responsables de que su vida, ahora que ya peinaba canas, tuviera sentido.

Sus 70 años necesitaban las risas  y la ternura de los más pequeños, la complicidad de los mayores y el abrazo de todos. Y Navidad es buena época para emborracharse de emotividad e ilusión.

Esa mesa, esa noche, refrendaría la validez de unos lazos que nada podía romper porque estaban basados en el amor más sincero. Estaría con ellos porque la vida hay que celebrarla siempre con los que están, teniendo presente, sentados también a la mesa, a los que ya se fueron.

Juani Loro.

 

losangelesnosmirandurmiendo.blogspot.com.es

Tomás Martínez

Artista polifacético dedicado a la poesía desde que era niño y a la pintura. Él mismo recuerda “aquel diario con llave de tapa roja que escribía y guardaba cada noche en una caja de vinos, a la edad de 6 años. Me enamoré sin querer de aquel papel en blanco y más cuando lo llenaba con mis pensamientos. Ver aparecer las palabras con la tinta de un bolígrafo: era emocionante. Luego, como en todas las vidas, empezaron a pasarme cosas. La tristeza y la alegría empezaron a salir de mí a cada momento como guiadas por un río invisible, y no podía parar. Y del poco a poco, al hoy”.

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