Ayer fuimos al cine. Las cinco estrellas que otorgaban todos los críticos en la revista de los viernes, nos animó a entrar.
El cine, de los más cómodos que conozco, esos que se hacen cama con los asientos de piel. Dos perroflautas, que nos alegró ver en ese tipo de salas pagando 12 euros por entrada, mantenían orbitando en su entorno, un olor fétido de componente nauseabundo. Los nachos y su salsa pestilente se unieron al hedor que desprendían sus calcetines resudados por un lado y el de sus zapatos por el otro. Esto nos obligó a salir de su órbita y migrar dos filas por debajo.
Vimos a un Brad Pitt, tratando por todos los medios de salvar una película que si no se hubiera hecho no la hubiéramos echado en falta. ¡El espacio exterior es muy aburrido! Y no hay de nada: ni agua, ni oxígeno, ni calefacción.
Al director se le pasa por alto que en Marte no hay agua y, en caso de haberla, estaría congelada, puesto que la temperatura media es de -55 grados centígrados. Bueno, pues el Brad con el traje de astronauta bucea como si llevara neopreno durante minutos, agarrado a una cuerda puesta a tal efecto y logra introducirse en la nave.
El viaje de ida lo hace en tres escalas: a la Luna, a Marte y a los aledaños de Saturno, pero el de regreso lo hace del tirón, porque estaba a punto de terminar la película, y con las prisas ameriza a cuatro pasos de su casa.
A todo esto, su papá, en treinta años de aislamiento espacial, solo envejece seis o siete meses y mantiene el frigorífico lleno.
Luego, dejan en el espacio unos cuantos cadáveres sin gravedad.
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