Dejé caer la mano
para que el sonido sordo de la piedra
llegara desde la tuya
recordando nuestro último abrazo
esperando de tu boca
una respuesta
que empapara con tus labios
el ramo de claveles blancos
que llevamos en la tarde,
y que dejamos
después de buscarte un rato.

Toda la soledad del instante
se hizo compañía
alrededor de un sol
que no dejaba de añorarte.

Quedó al final del camino
una lona azul,
teñida de verde,
entre dos jarrones blancos con sus flores,
y un ladrillo rojo
posado entre sus tallos
y al lado de tu puerta
repleta de colores.

Un corazón enfrente de ti
y campo,
mucho campo.
Y un camino cerrado
por el que no nos dejan ir.

El sitio de tu trabajo
ahora es la cuesta hacia abajo,
donde asoma la cama de tu jardín.

Rosas con lazos,
tu sonrisa al lado de todos.
Tu sonrisa al lado de mí,
el balcón de tus ojos
con su mirada cristalina
en el laboratorio azul
imaginando en su horizonte el mar
y tus pies descalzos en la orilla,
paseando.

Todas las respuestas del universo
podrían ser una sola
con una sola de tus caricias.
Los ramilletes de olivo
quedarán para siempre,
y en el silencio
tu cariño nombrando a cada uno,
y diciendo lo bonito
naciendo de tu sonrisa.

Ese eras tú,
el que siente.
Tu alegría se echa en falta,
todo lo demás se guarda
entre el tuyo y nuestro corazón.

Me quedo
con tu despedida para todos,
y con tu segundo cumpleaños,
con el café en la puerta
al lado de tu mujer
la última vez que te vi,
con mis labios nombrándote,
y con tu rostro girándose
y levantando la mano
despidiéndote de mí.
Y con tu:
“Alicia,
a ver cuándo me llevas
al país de las maravillas”.

Hay un camino
que va de la mirada a los sentidos,
dándole vida a los latidos
que pasan por corazón.
Hay un camino
muy distinto al de la vida,
y que sigue dando vida
entre tanta confusión.

Todo el corazón que regalaste
a cada uno de nosotros
es una vida entera.
Nada queda fuera,
Luis Fernando,
aunque sé que no estás cerca,
sé que sigues caminando.

 

 

losangelesnosmirandurmiendo.blogspot.com.es

 

 

Tomás Martínez

Artista polifacético dedicado a la poesía desde que era niño y a la pintura. Él mismo recuerda “aquel diario con llave de tapa roja que escribía y guardaba cada noche en una caja de vinos, a la edad de 6 años. Me enamoré sin querer de aquel papel en blanco y más cuando lo llenaba con mis pensamientos. Ver aparecer las palabras con la tinta de un bolígrafo: era emocionante. Luego, como en todas las vidas, empezaron a pasarme cosas. La tristeza y la alegría empezaron a salir de mí a cada momento como guiadas por un río invisible, y no podía parar. Y del poco a poco, al hoy”.

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