«El humor es un espejo que ponemos frente a la sociedad»

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Así se expresa el artista, y colaborador de esta página, Manolo Royo, durante la conversación que mantenemos con él con la sana excusa de conocer más sobre su último libro: Pastor de Estrellas (Esstudio Ediciones). Uno más en la larga lista de publicaciones de Royo que es, como él mismo confiesa, «un homenaje a mi abuelo Polo». Una figura importante para el cómico que nos acerca a otras galaxias bajo la perspectiva de un pastor de un pueblo aragonés.

 

¿Qué es Pastor de estrellas?

Es una historia muy bonita en homenaje a mi abuelo. Mira yo he tenido la suerte de hacer reír a seres humanos de tres siglos distintos, del XIX, XX y XXI. Y me siento muy honrado de eso. Porque mucha gente joven hoy que se ríe con mi humor, porque no olvidemos que el humor es solo un espejo que ponemos frente a la sociedad. Se ríen los chavales y reía mi abuelo Polo también. Él nació en 1895 y murió con 90 años, y se reía conmigo.

 

¿Tu abuelo es una figura relevante para ti?

Sí. Yo tenía con él unas conversaciones muy profundas. Era un hombre que, con ocho años, empezó a pastorear, y me contaba muchas historias. Recuerdo que cuando veíamos aquel anuncio de Aerolíneas argentinas, despegando y tomando tierra en algún lugar del mundo cada cuatro minutos, él me decía: “Con lo que eso pesa, ¿cómo puede volar?. Vuela, vuela. Pero en la luna nunca han estado”. Siempre remataba con eso.

 

El libro empieza de forma original, con una carta.

Es una carta que les envío a los extraterrestres. Empiezo diciendo: “Ya sé que ustedes no existen, pero por si están por ahí…”. Sabes que yo soy de los negacionistas, por eso el objetivo de esta carta es reírme de la situación. Pero reírme seriamente porque todo está muy documentado.

 

Y todo regado con humor.

Claro. Yo les pregunto a los extraterrestres cómo vienen, si vienen en son de paz, o vienen de vacaciones, o lo hacen como emigrantes huyendo de algo. Yo les recomiendo incluso, en qué época del año pueden venir y qué pueden comer por aquí. Esa carta con la que arranca el libro es una epistolar de mi abuelo. Él, por las noches en el pajar, en la paridera, se asomaba a mirar la luna y observaba las constelaciones. De eso entiende porque todo eso se lo explicaban su padre y su abuelo. Entonces él llega a pensar que tal vez podría haber vida, aunque cree que no. No vida igual que en la tierra, porque aquí tenemos agua y aire, y los demás planetas parece que ninguno lo tiene. Por lo que tal vez tengan otra forma. Este hombre piensa eso y les dice cosas muy graciosas, muy divertidas.

«Tenemos que querernos mucho y vivir el presente» 

Manolo, ¿para qué puede servirnos ahora leer este homenaje a tu abuelo Polo?

Para mucho. Primero y principal para reírte. Este hombre es un pastor que tiene un cuñado en Madrid casado con una de sus hermanas. Él dice que se parece a Sevilla porque tiene “dos hermanas”. Una de ellas casada con un arquitecto de Madrid, y cuando puede (que es pocas veces porque las ovejas necesitan salir a pastar todos los días), se acerca a verlos. De vez en cuando su cuñado le lleva a algún evento y, desde el punto de vista de la máxima austeridad porque él con una hogaza de pan, chorizo, queso, una bota de vino y agua puede aguantar cinco días en el campo, llega, por ejemplo, a la sala vip de la Caja Mágica, porque su cuñado le invita a ver un partido de tenis. Y es curiosa la narración de lo que este hombre, desde su prisma, ve de esa sociedad de élite que va más a relacionarse que a ver el partido, en la que se deja ver una crítica social tremenda.

 

¿Qué preguntas les hace a los extraterrestres?

Sí, les hace muchas preguntas. Les dice, por ejemplo, que si algún día pasan por su pueblo no olviden dejarle un traje para utilizarlo él en los carnavales, y cuestiones que seguro (no solo es cosa mía) se han planteado muchas personas. Como saber de qué vivirá esta gente, a qué hora salen de casa, si cuando vienen a la tierra preparan para el viaje un bocadillo de chorizo. Les pregunta si hay pintores en sus galaxias, si tienen reyes, si tienen transporte público y si lo tienen cómo es, si flota o va por tierra…

 

«Creo en el ser humano» 

 

Dices que no crees, por ejemplo, en que el hombre haya estado en la luna. ¿En qué otras cosas no crees o has dejado de creer últimamente?

Hace mucho que no creo en muchísimas cosas, desgraciadamente. La vida es como una montaña rusa, tenemos subidas, bajadas. En la infancia somos esponjas que lo queremos saber todo, con ese deseo enorme de aprender. Pero luego, con el paso del tiempo, te vas desilusionando. Yo la palabra autoridad, por ejemplo, no la utilizo para nada. Tal vez solo en el campo de la medicina, pero no en la política. Son unos señores que trabajan tratando de gobernarnos. El otro día leí un twit de alguien sabio que decía que si la Unión Europea nos daba 200.000 millones de euros a los españoles, como somos unos 50 millones, denos usted un millón a cada uno y se ahorran 1.500 millones, y con los nuestros no vea usted lo bien que vamos a estar todos millonarios (ríe). Y esto me impactó.

Estoy rozando el no creer en la justicia divina. Porque, imagínate, cuando muere un niño en la guerra, cuando llega al cielo ¿qué pasa? ¿Le está esperando un equipo de psicólogos? Sé que puedo ser muy duro hablando de estas cosas.

También dejé de creer en la justicia terrenal el mismo día en el que vi que las autoridades de entonces, que como era muy joven no recuerdo quienes eran, prohibieron que se utilizaran cristales rotos en las vallas de las casas de los pueblos. Se prohibió porque se podía hacer daño el que entraba a robar. Yo nunca me hubiera hecho daño, yo nunca pensaba saltar la valla. No sé si me entiendes. Pensé que a esa gente le preocupaba más el malo que el bueno, y desde entonces dejé de creer en la justicia. Y tampoco entiendo, y a lo mejor me estoy metiendo en camisas de once varas, este afán de los políticos de captar jueces de su tendencia ideológica. Es algo que me preocupa en profundidad. Yo ya soy un avión que está bajando, con los flaps abiertos, casi sin motor, y ahora que estoy bajando voy pensando en todos los que están levantando vuelo y quiero dejarles una atmósfera limpia, un país vivible, no les quiero dejar preocupaciones. Les quiero dejar un camino lo más sencillo posible, porque no olvidemos que los palitos en las ruedas los ponemos los humanos.

Pero también te voy a decir una cosa, si no hay malo no hay película. ¿Te has fijado? Estoy realmente profundo (sonríe).

 

Pues cuéntame, desde esa profundidad, qué es aquello en lo que sí sigues creyendo.

Puede parecer un contrasentido, pero creo en el ser humano. Y creo en el orden de la naturaleza, en la que cada uno tiene un cometido. Creo en los animales, y en el más peligroso que es el hombre. Si somos 7.000 millones (pongamos que los chinos han contado bien), no llega ni a 500 millones los que hay malos.

 

Para terminar, Manolo, ¿qué consejos nos daría para llevar la situación que estamos viviendo de la mejor manera posible?

En primer lugar seguir nuestro instinto. Hablo desde la perspectiva del avión que va a tomar tierra. Si lo está escuchando el piloto que está iniciando el vuelo me dirá: “De qué vas abuelo”. Tenemos que vivir el momento, y ahora toca no relacionarse mucho socialmente o hacerlo a través de las tecnologías. Porque lamentablemente el contacto físico se está poniendo muy caro, muy caro.

Además, hay que leer, estar tranquilos, intentar ser felices y, cuando estemos en casa, hacer lo que pensábamos que no podríamos hacer nunca. Y, sobre todo, querernos mucho. Tenemos que querernos. Sí, tenemos que querernos más que comer, porque comemos demasiado. Lo digo porque veo las imágenes de cuánto papel higiénico sale de las tiendas y de ahí deduzco que se come mucho (ríe). Tenemos que intentar ser felices. A veces es sano hacer zapping y cambiar de canal, cuando te empiezan a dar datos apesadumbrantes, buscar dibujos animados y conocer a la familia Simpson, que también tiene sus problemas pero son muy divertidos, o ver series de humor. Salirnos un poco de esta situación tan extraña y rogarles a los chinos que tengan cuidado con lo que comen porque nos perjudica a los demás.

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