La voz de los poetas muertos,
canción de cuna.

Me drogué pisando charco
hundido hasta las rodillas,
tragando arena de playa
a toda velocidad,
bebiendo de sus orillas
un solo remo
y sin barco.
Y tragué.

Volví a drogarme después
cabalgando sin caballo,
pesada cuesta hacia latina.
Venas azul de lago
riendo por amargo,
escupe agua fina.

La mentira de la vida
fingiendo mi verdad
entre las horas
solas y oscuras
de largas noches de soledad.

Pasan la nostalgia y el llanto
y no las ganas de besar
¡Y no me importa!
Me vuelvo a drogar
con tinte de color
de ala de mariposa,
desnudo de cuerpo en mi crisálida,
enredado de mente,
sin fecha,
sin nombre,
en la puerta sin flor
del mármol de mi lápida
dividido por la hoja de metal afilada…
pasando sin presente.

Contando segundos por latidos
mar adentro.
Copas de dientes
desde abajo abriendo sus bocas
para comerme.
Y me hago el muerto…
me dejo.

Pomo de metal
frío entre cartones.
lluvia.
Tan solo un vino me queda.
¡Jodido invierno!

Lástima de lágrima cristal.
El perfume de tus pechos
es querer en mi locura,
la hermosura que nunca me darás.

Desperté desnudo,
frente a la ventana podía ver el mar.
Salí corriendo,
gritando entre lágrimas,
había y acantilado
y salté.

Volé por el aire
sin miedo,
sin drogas,
sin echarte de menos,
a un paso de muerte,
desafiando la vida.
Sin lágrimas, sin velos.
Ellas mismas se mezclaron.
Poca sal, mucha agua.
Solo un baile
entre las manos de mis dedos.

Caí de espaldas
y se hizo de noche,
y al abrir los ojos…
me vi
dentro de ese cuadro
que jamás he pintado
pero que está…
Siempre está
bordeándome la sien,
acariciando con sus pelos de pincel
los bordes de mis labios.

Y besé.
Manché mi boca con color
y su cuerpo se volvió para mirarme.

Y desperté de tu sueño
que fue el mío también,
del brazo de tu ola

Si me sueltas… ¿sabes?
Para qué vivir.

Me drogué.
Fue la ausencia de tus notas,
la música del alma en la piel.
Me entra…
descalzo…
Y sin bota.

 

 

losangelesnosmirandurmiendo.blogspot.com.es

Tomás Martínez

Artista polifacético dedicado a la poesía desde que era niño y a la pintura. Él mismo recuerda “aquel diario con llave de tapa roja que escribía y guardaba cada noche en una caja de vinos, a la edad de 6 años. Me enamoré sin querer de aquel papel en blanco y más cuando lo llenaba con mis pensamientos. Ver aparecer las palabras con la tinta de un bolígrafo: era emocionante. Luego, como en todas las vidas, empezaron a pasarme cosas. La tristeza y la alegría empezaron a salir de mí a cada momento como guiadas por un río invisible, y no podía parar. Y del poco a poco, al hoy”.

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