Dibujando una razón,
en el cristal empañado de la ventana.

Me he quedado con la mitad,
que vuelve a dividirse en dos.
Misma parte,
vuelve a partirse en mitad
y no sé cómo seguirlo,
pues la mitad de uno,
para mí,
siempre fue mitad de dos.

Cercano a lo absurdo.
Brillos movilizados por lentes y una voz,
tan cercana a la desesperación,
abriéndose las venas de su lengua,
servidas en vaso por la propia sangre,
para no tener que cantar
siempre la letra de la misma canción.

En un principio era verdad
y no quise reconocerlo.
De la arena ardiente de los desiertos,
los descalzos siempre sufren más.

La vida es un momento.
Uno, simple y breve.
El compás con su cuerpo de mina
solo da una vuelta,
y nada más.
Un momento,
como aquel que ya es pasado,
sentado frente a una chimenea.

El tímido rojo anaranjado
acariciando con su calor, color,
el tímido y templado fuego tras el cristal.
Tímido y templado de mi mano
que sola y por sentir,
solo se acerca,
del solo un paso atrás
mundo y helado.

La montaña es tan alta como el deseo.
Siento la realidad
como el que quiere dejar de mentir
sin tener que decir la verdad
en patio de recreo.

Lunas y desnudas,
todos y cada uno de mis días.
Peces volando con espinas y sin plumas,
y siempre de madrugada,
haciéndose las paredes de arena,
en el mármol esquinado de mis ruinas.

El cuerpo dejó de pensar
para dejar de amanecer,
y siempre terminando y sin querer…
en la parte más fría de la arena,
donde rompe junto al muro
una condena liberada
por la falta de su mar.

Dejo de ver…
muriéndome al mirar.
La esperanza solo es el reclamo
de lo que nunca pasará.
Mi final,
un beso dibujado
que sí que puedo dibujar.

Y así,
sin cortarme las venas,
siento a veces desangrar.
Las lunas siempre son llenas
solo esconden su mitad.

 

losangelesnosmirandurmiendo.blogspot.com.es

 

 

Tomás Martínez

Artista polifacético dedicado a la poesía desde que era niño y a la pintura. Él mismo recuerda “aquel diario con llave de tapa roja que escribía y guardaba cada noche en una caja de vinos, a la edad de 6 años. Me enamoré sin querer de aquel papel en blanco y más cuando lo llenaba con mis pensamientos. Ver aparecer las palabras con la tinta de un bolígrafo: era emocionante. Luego, como en todas las vidas, empezaron a pasarme cosas. La tristeza y la alegría empezaron a salir de mí a cada momento como guiadas por un río invisible, y no podía parar. Y del poco a poco, al hoy”.

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