Tan grande como Las Ventas
sonó tu voz al pedirme
que me casara contigo.
Tan grande como su círculo
descansó tu cuerpo en paz,
mezclándose en la tierra
y en la piel de mis manos
que tantas noches despertaron
agarradas a las tuyas
después de dormir contigo.

El círculo de tu corazón
es la razón por la que el mío
busca el latido que le falta.
Intento soñarte sin sentido,
queda seca mi garganta por gritar
tu nombre, Manolo,
en esa distancia tan lejana
que tiene el mismo color Azul,
y que tantas nubes separan
entre el mar y el cielo.

Me abrigo pensando en ti,
aunque la nieve cubriéndome el alma
me haga sonreír al recordar
lo mucho que te gustaba el frío.

¿Dónde te has marchado
que sigo oliendo el perfume
que dejaste con tu piel
en la parte de tu lado
de nuestra almohada?

¿Dónde puedo oír tu voz?
Me gustaría escucharla,
aunque fueran segundos,
unir las dos partes de nuestros dos mundos
y sentir que el alejarte
fue el silencio que,
en nuestra última cena,
respiraste poco antes de acercar
tu boca a la mía
y besarme
después de decirme te quiero.

Dame un sueño que te pueda yo besar,
acércame a la tierra tus alas
desde el cielo
y deja que las pueda tocar.

Una vida contigo
ha sido tan corta
como largo el olvido.

Dejé de respirar el mismo día que tú.

El paseo de los olmos son ramas desnudas
partiendo con sus sombras la pared,
por una luz,
la de la luna que alumbra y llena también
el lado de tu cama en la habitación.

La memoria es ya un recuerdo.
La primera vez que te vi
y la última,
fue un segundo en el tiempo.

Vuelvo a amanecer esta mañana,
en el día de tu cumpleaños,
30 de marzo,
a punto de acabar el mes
y sigo viéndote descalzo
bailando una canción
mientras me dices con tus ojos brillantes
que no hubo amor antes de encontrarte,
que todos los diamantes de tu alma
daban valor con sus caricias
a la parte más sensible de mi vida
que no era nada sin tu corazón.

 

losangelesnosmirandurmiendo.blogspot.com.es

 

Tomás Martínez

Artista polifacético dedicado a la poesía desde que era niño y a la pintura. Él mismo recuerda “aquel diario con llave de tapa roja que escribía y guardaba cada noche en una caja de vinos, a la edad de 6 años. Me enamoré sin querer de aquel papel en blanco y más cuando lo llenaba con mis pensamientos. Ver aparecer las palabras con la tinta de un bolígrafo: era emocionante. Luego, como en todas las vidas, empezaron a pasarme cosas. La tristeza y la alegría empezaron a salir de mí a cada momento como guiadas por un río invisible, y no podía parar. Y del poco a poco, al hoy”.

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