El padre: la base de nuestro presente

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Lejos o cerca, joven o viejo, afable o tímido, conversador o callado. Sea como sea, el nuestro es aquel que nos marca de forma indeleble hasta el último de nuestros días. Ese hombre que cuidó de cada uno de nosotros y gracias al que hoy somos lo mucho o poco que seamos.

Él es bondad y fuerza al mismo tiempo. Sabiduría y aprendizaje continuo para poder acompañarte en el camino.

Fuerza, sobriedad, descanso. Es el padre. Es el todo en medio de las carencias. Aquello en lo que agarrarse cuando el miedo dirige el camino.

Referencia aún sin quererlo. Ejemplo de honestidad vital, de perseverancia. Es la apuesta más firme, la meta segura.

Aun cuando los años van dejando marcas en su cuerpo, aun cuando el futuro es más corto que el pasado, su presencia es siempre, ayer y hoy, imprescindible.

Su figura, que dice mirando, sin palabras. La mano que siempre está aun cuando no se vea. El pie que marca el paso desde el silencio. El que enseña sin lección, el que gana aun perdiendo.

Es el padre. Es la esencia. Es la vida.

Es ese ángel de la guarda que no te permite estar solo nunca. El sostén, la base, el apoyo seguro que, aunque se tambalee en ocasiones, vuelve a erguirse siempre. El padre.

Es un abrazo sin brazos, un beso sin labios, una mirada limpia en medio de cualquier situación.

Incluso cuando su espacio quedó vacío, su presencia tiene tanto peso que ni el paso del tiempo se atreve siquiera a borrar una sola de sus señas. Incluso cuando su ausencia marca el presente, el recuerdo se vuelve sustento para un alma que necesita su aliento.

Es ese hombre cuya sombra siempre, de día y de noche, con frío o con sol, se posa encima de las nubes para seguir vigilando que no te falte nada. Aquel que siempre encuentra el modo de hacer nacer en ti un sonrisa. Es el padre. Es el regalo que no pediste y llegó.

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