Miedo al pasado más temor al futuro, igual a angustia

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Estás tranquilo y de repente notas que el corazón se te acelera; tu pulso es rápido, empiezas a ver borroso, notas sudoración y casi no puedes respirar, como si el aire se estuviera agotando; intentas encontrar una salida, aunque estás en la calle, a plena luz del día y descubres que tienes dos opciones: salir corriendo como si algo o alguien te persiguiera o acudir al hospital más cercano por si estás sufriendo una crisis cardíaca. ¿Quién no ha experimentado en alguna ocasión una crisis de angustia, de ansiedad o incluso un ataque de pánico?

Pasado y futuro son los tiempos que se conjugan en la emoción de angustia, que se expresa mediante la culpabilidad y la preocupación, respectivamente. Definida como una reacción de miedo ante un peligro inconcreto y desconocido, guarda cierta relación con la ansiedad, si bien las reacciones del organismo son opuestas, pues mientras la angustia provoca el sobrecogimiento, la ansiedad lleva a la agitación. El doctor Vallejo Nájera en su libro Guía práctica de Psicología las diferencia: “la angustia se percibe físicamente a través de cambios fisiológicos del organismo, como aumento de la frecuencia cardíaca y la respiración, temblor, sudoración, opresión en el estómago, nudo en la garganta, al tiempo que induce a una reacción de sobrecogimiento que tiende a paralizar a la persona”.

Para el reputado psiquiatra, la ansiedad “se percibe más en la esfera psíquica, resaltando el sentimiento desagradable de peligro inminente, a veces de muerte cercana, sensación de indefensión, tensión y expectativa ante una supuesta amenaza; predomina en ella la sensación de sobresalto y agitación”.

Tanto para una como para la otra, la persona que las sufre no encuentra motivos que las justifiquen, pero provocan un estado que lleva a la retroalimentación, de forma que se puede llegar a padecer el “miedo al miedo”.

Wayne W. Dyer en el libro Tus zonas erróneas considera que a lo largo de la vida “las dos emociones más inútiles son la culpabilidad por lo que se ha hecho y la preocupación por lo que se podría hacer; ambas son las formas más comunes de angustia en nuestra cultura y guardan relación con la importancia que les demos a los problemas”; sin embargo, parece que nos equivocamos al conjugar los tiempos del verbo vivir, al dejar a un lado el presente: “solamente existe un momento en que puedes experimentar algo y es ahora; sin embargo, se desperdicia mucho tiempo en rememorar el pasado y pensar en el futuro” Para Dyer la base fundamental de la vida positiva parte de centrarse en el presente, mientras que poniendo el foco en un tiempo que no es el ahora provocamos “comportamientos autodestructivos” o zonas erróneas, tal y como él denominó a esas consecuencias.

“Cardiólogos y psiquiatras han descubierto que el estrés es un factor de riesgo incluso más importante que el tabaco en lo concerniente a las enfermedades del corazón”, dice David Servan-Schreiber en Curación Emocional; “Cuando el cerebro emocional se desajusta, el corazón sufre y acaba por agotarse; en cada instante, el equilibrio de nuestro corazón influye en nuestro cerebro, por lo que algunos neurólogos llegan a hablar de un sistema indisociable entre ambos órganos”.

Según el citado doctor, experto en neurobiología de las emociones y neurociencia cognitiva, la solución se halla en el ‘método de la coherencia’, tal y como explica en su libro: “diversos estudios han establecido que son las emociones negativas como el miedo, la ira, la tristeza o la ansiedad las que más hacen caer la frecuencia cardíaca y siembran el caos en nuestro organismo; mientras que las emociones positivas como la alegría, la gratitud y sobre todo el amor son las que más favorecen la coherencia, de modo que en el espacio de unos pocos segundos, las positivas inducen una oleada de coherencia que queda reflejada en el registro de la frecuencia cardíaca”.

 

Gestionar emociones

Son muchos los factores que nos sugieren la importancia de sentir emociones positivas, pero ¿qué hacemos con las que no lo son? Desde el Coaching te invito a gestionarlas. En esta ocasión, a través del proceso básico de Leslie Greenberg, psicólogo perteneciente a la Escuela de la Gestalt, quien propone:

  1. Escucha tu cuerpo. ¿Qué estoy sintiendo en mi cuerpo y dónde?
  2. Permítete sentir la emoción. Acéptala, no la juzgues
  3. Ponle nombre al sentimiento
  4. Busca el sentimiento más básico: ¿siento esto en el fondo? ¿hay alguna cosa que venga antes de esto? ¿trato de conseguir algo con este sentimiento?
  5. Reflexiona sobre si ese sentimiento es o no es saludable (¿hay malestar recurrente o sensación de estar atascado?)
  6. Identifica voz y pensamientos destructivos
  7. Descubre lo que te dicen los sentimientos saludables: “el enfado te dice que tus límites han sido violados; la tristeza, que has perdido algo; el miedo, que estás en peligro; la vergüenza, que te has expuesto en exceso y el dolor, que la sensación de ti mismo está rota en pedazos

 

Te propongo que escribas tus respuestas en un diario o cuaderno emocional. Posteriormente, busca cuál es tu propósito, tu objetivo (¿cuál es mi meta en esto? ¿qué quiero que sea diferente, que cambie? ¿qué quiero hacer?) Y una vez identificado, continua con las otras dos preguntas clave en Coaching: ¿Qué es lo que me impide conseguirlo? y ¿Cómo lo voy a lograr?

Por si os inspira: “hay dos días en la semana que nunca me preocupan”, dice Robert Burdette en Golden Day; “dos días despreocupados, mantenidos libres de miedos y temores; uno de esos días es ayer… y el otro día que no me preocupa es mañana”.

Feliz Gestión Emocional. Feliz Coaching.

 

 

 

 

 

 

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