Apegos que sanan

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¿Sabes qué es el apego? ¿De qué tipo es el que te dieron tus padres o cuidadores durante tu infancia? ¿Conoces la relación que existe entre el modelo de apego que experimentaste y tu forma de entender lo que ocurre en tu entorno de adulto? ¿Qué apego es el que estás dando a tus hijos? ¿Y a tus nietos? ¿Podríamos cambiarlo, aunque sea transcurridos algunos años?

En la década de los 70 del siglo pasado, Bowlby y Ainsworth fueron los primeros en postular una teoría del apego, entendido éste como el “vínculo emocional que se establece entre los hijos y sus padres o cuidadores”. Al pequeño le proporciona una seguridad emocional, al tiempo que influye en el desarrollo de su personalidad y en la forma en la que se establecerán sus relaciones futuras. En palabras de Bowlby, “el estado de seguridad, ansiedad o temor de un niño es determinado en gran medida por la accesibilidad y capacidad de respuesta de su principal figura de afecto”.

Es por ello que se trata de un concepto muy ligado al mantenimiento de la especie, ya que, tal y como explica el psicólogo Rafa Guerrero “mediante el apego se establece una relación asimétrica y vertical, pero necesaria, pues gracias a esa capacidad de conexión las posibilidades de supervivencia aumentan”; “Es un vínculo especial entre el niño y sus cuidadores, sean o no sus padres, porque pueden ser también los profesores”, dice Guerrero, autor del libro Educar en el vínculo.

Para este experto, el apego “es un fenómeno transgeneracional, ya que lo que enseño es lo que he recibido; sin embargo, podemos cambiar esa estructura, mediante lo que se denomina reparación del vínculo”. Y es que cuando llegamos a adultos, el enlace adquirido puede condicionarnos para siempre, a no ser que nos cree dificultades y decidamos sanarlo, modificarlo; “Se trata de algo inconsciente, localizado en la parte más involuntaria de nuestro cerebro, pero, aunque sea un proceso difícil, también es posible”, dice Guerrero.

Cubrir necesidades, no caprichos

En el tema del nexo entre un niño y su cuidador, Rafa Guerrero asegura que es necesario distinguir lo que son necesidades de los caprichos o deseos: “Las primeras cubren las funciones genéricas de supervivencia y equilibrio psíquico, es decir, existen necesidades fisiológicas, cognitivas y emocionales”. Y así hasta un total de 16 necesidades que este experto distingue, como la de saciar la curiosidad, las sociales, la de relacionarnos en la manada, la de protección ante un peligro, la de autonomía, la de ponerles límites, regulación de sus emociones o la de identidad frente a la diferencia de otras personas.

Rafa Guerrero postula que frente a lo necesario se sitúa lo deseable “esto último algo de lo que podemos prescindir, aunque habitualmente confundimos uno con otro y no hay que olvidar que los caprichos son legítimos, pero no siempre necesarios”. En este punto, el psicólogo contrapone la responsabilidad de los adultos frente a acciones de sobreprotección, negligencia o maltrato. Guerrero distingue varios tipos de apego:

  1. Seguro: los padres cada vez que su hijo tiene una necesidad, se la cubren; por ejemplo, si necesita una naranja, en la mayoría de las ocasiones le dan una naranja, con las dimensiones que el hijo necesita, ni más, ni menos. Aquí la vinculación y la autonomía están equilibrados.
  2. Evitativo. Es un tipo de apego inseguro. Los padres tienden a evitar el canal del vínculo. Dan mucha importancia a las normas, a la educación, a los resultados; hay distancia emocional. En este caso, si el hijo necesita una naranja, le darán una mandarina, con lo que le están dando algo aparentemente similar, pero no igual. En esos hogares no se habla de emociones, ni tampoco permiten que el hijo se muestre vulnerable. Son padres de hemisferio izquierdo, de la razón y el autocontrol, con poco desarrollo del hemisferio emocional. Existe desequilibrio entre la escasa vinculación y mucha autonomía.
  3. Ansioso ambivalente. Los padres le dan una naranja y en otros casos, el naranjo, el árbol. Son excesivamente protectores y emocionales; requieren más cognición. Desequilibrio por exceso de vinculación y escasa autonomía.
  4. Desorientado. Padres con trastornos psiquiátricos, incluso con conductas de malos tratos; no existe ni vinculación, ni autonomía.

 

Cuestión de trato

“Si lloras, no te hacemos caso”, le decía un padre a su hija, que no paraba de llorar porque quería que le compraran algo. Este tipo de conductas y la reacción de los padres están normalizadas, pero lo cierto es que tratamos a los niños de forma distinta a como lo hacemos con los adultos”, dice este experto, que explica la relevancia de las conductas que tenemos con los más pequeños desde que nacen: “Un neonato que llega inmaduro, tiene el apego para permitirle sobrevivir, que cubran sus necesidades de hidratación, alimentación, e higiene”; “Viene de serie con un cerebro rojo o reptiliano, por lo que no tendrá capacidad para poner en marcha una conducta, al menos hasta los tres o cuatro años de vida, y de forma rudimentaria”.

Para Guerrero esto significa que si el bebé llora “es que algo le está pasando”, en clara alusión a que el apego seguro lo proporcionará la atención inmediata en cuanto llore, en vez de “dejarlo llorar hasta que se canse pues, aunque no sean conscientes, el mensaje lo entienden, lo saben y es el de que no es digno de ser querido”. Tales conductas pueden expresarse en forma de trastornos graves cuando sea adulto, de ahí que sea importante “que nuestros niños se sientan vistos, escuchados”.

Este psicólogo propone “educar con el cerebro en mente”, además de prestar atención al uso de la tecnología a modo de “chupete emocional”: “Hay mandatos del tipo “si quieres, puedes” que son válidos para algunas personas, sin embargo, a aquéllos que sufren, los hunde aún más; da lo mismo la edad:, ya que los deja en una situación de indefensión” Por otra parte, tabletas, móviles y ordenadores “son tremendamente efectivos en el momento, al igual que el grito o el castigo, lo que no quiere decir que valga para un futuro, pues este ejercicio de anestesia emocional es contraproducente de cara a su etapa de adultos”.

Invita Guerrero a inculcar en los menores “la capacidad de poder gestionarse, para lo que previamente es necesario identificar la emoción, proceso en el que hay que ayudarlos, por ejemplo, preguntándoles si está rabioso, o ansioso porque quieres comer”.

En este sentido, el apego seguro, aquél que tiene vinculación y autonomía equilibrados supone evitar acciones tales como cambiarle el foco de atención para que no sufra, ya que evitaremos que entrenen su capacidad de gestión emocional; “los hijos tienen que sufrir moderadamente con mamá y papá, lo que implica sentir todas las emociones, aprender a gestionarlas y en su momento”, dice Guerrero, refiriéndose a la llamada autorregulación emocional; “Por ejemplo, ahora no corresponde la alegría, porque hay que hacer un duelo, o es momento de experimentar enfado o tristeza”.

Para ello, Guerrero recomienda educar con un itinerario y “no tanto en el modo cortoplacista de cederles un dispositivo electrónico para amortiguarles las emociones”; “Es necesario sentarse con la pareja ante decisiones que sean importantes y saber en qué dirección vamos y, ante un conflicto, parar y negociar entre la pareja”.

¡Feliz Apego Seguro! ¡Feliz Coaching!

 

 

 

 

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