Vivanco vuelve con una experiencia enoturística impregnada de arte

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Un enclave ideal para aquellos viajeros que aún dejan un espacio para la sorpresa, para el disfrute, para saborear los secretos del vino (incluidos aquellos que recuperan variedades minoritarias y algunas casi extintas), para apreciar la cultura. Para que siglos de historia, a través de diversas civilizaciones, conquisten todos los sentidos, con calma. 

Tras estos meses que por fin despedimos, la Bodega y el Museo Vivanco de la Cultura del Vino reabre sus puertas para que turistas nacionales y extranjeros disfruten, en 9.000 metros cuadrados (5.000 de ellos exteriores), de una experiencia enoturística que siempre deja un posgusto sabroso y persistente en la memoria de las emociones. Es el tiempo de recobrar la ilusión, los planes, los viajes. De disfrutar del vino, de la cultura y de un mar de vides que se extiende hasta las faldas caprichosas de la Sierra de Cantabria, con todas las garantías sanitarias anti Covid. 

Una tranquilidad que acredita el sello oficial Safe Tourism Certified, que expide el Instituto para la Calidad Turística Española (ICTE), organismo dependiente de la Secretaría de Estado de Turismo y que, a pesar de no ser obligatorio, Vivanco decidió obtener el pasado verano para garantizar a sus visitantes un extra de tranquilidad. 

El mundo del vino es el reflejo de una historia fascinante por descubrir. En el Museo Vivanco de la Cultura del Vino el silencio da paso a una exclamación: la que provoca en los visitantes recorrer, a lo largo de cinco salas expositivas, las 6.000 piezas que susurran su propia historia temporal. Un viaje por la etnografía en torno al vino, por las industrias auxiliares de esta bebida universal, por piezas egipcias (algunas de ellas encontradas en tumbas faraónicas) o por las cráteras de la civilización griega (que tanto influyó en el arte, la arquitectura o la filosofía). Pasear entre aquellas ánforas de barro que, clavadas en la arena de los barcos, surcaron el Mediterráneo del Imperio romano con el vino, el aceite y el garum meciéndose en sus entrañas.

Recorrer la Sala 4, donde Miró, Sorolla, Chillida, Juan Gris o Picasso interpretan la plasticidad del vino milenario. Descubrir que un sacacorchos, además de un utensilio natural en nuestra vida cotidiana, era un artículo de lujo reservado para la aristocracia y la realeza. Su historia, iniciada a finales del siglo XVIII ha llegado hasta nuestros días con las formas más inverosímiles (desde los eróticos, hasta los elaborados con materiales nobles e incluso los que servían para desabrochar los corsés de las mujeres). Son tan solo unas pinceladas de la historia que cada sorbo de vino nos regala en Vivanco.

O visitar el Jardín de Baco, donde 222 variedades ampelográficas de diversas partes del mundo han comenzado su brotación, en calma, desafiando toda circunstancia, toda realidad, incluso la historia de su desoladora filoxera. Allí siguen, sorteando las miradas de los viajeros que buscan la paz en la naturaleza, ávidos por descubrir qué esconde el aire sosegado del vino. Miradas que reparan en la elegante desnudez de las estatuas marmóreas, que se cobijan caprichosas entre hojas de parra y árboles esbeltos. Miradas expectantes, como las de aquellos que accionaban, a finales del XIX, un locomóvil que generaba, gracias al vapor, la energía que se necesitaba en el campo y la bodega.

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