Una tierra envejecida

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Se considera que el envejecimiento es el proceso natural, continuo y progresivo, que se inicia con el nacimiento y termina con la muerte, mientras que la vejez, es un fenómeno socio cultural que se entiende como, ¨la transformación fisiológica, en la que se realizan una serie de cambios inherentes a la última etapa del ciclo vital¨.

Gracias a los avances de la ciencia, y a la mejora en los servicios sanitarios, ha sido posible aumentar la esperanza de vida, lo que ha traído como consecuencia un significativo crecimiento demográfico que se ha traducido en una mayor longevidad, es decir: ¨El envejecimiento del envejecimiento¨.

Según las cifras presentadas por la Comisión de Población y Desarrollo, de la Organización de las Naciones Unidas, (ONU), en la actualidad, el número de habitantes del planeta, está en el orden de 7.700 millones, estimando que para el 2030, alcance los 8.500 millones.

Durante el año 2018, por primera vez en la historia de la humanidad, el número de personas mayores de 65 años, superó a la población infantil de niños menores de 5, y se proyecta, que para el 2050, la cantidad de personas de 80 años o más, se triplique de 143 a 426 millones, evidenciando un considerable incremento en la longevidad.

De mantenerse esta tendencia, se espera que para el 2050, la población del planeta se ubique en torno a los 9.700 millones de personas, y se duplique el número de adultos mayores de 60 años, llegando a los dos mil millones de mayores, acontecimiento sin precedentes en el mundo.

En consecuencia, estamos viviendo una de las transformaciones sociales más significativas del presente siglo, que impacta tanto en la estructura familiar como en el modo de vida.

El incremento en la población de los adultos mayores, se traduce también en el aumento de los mayores dependientes, situación que exige la creación urgente de mecanismos de cuidado y atención, que les aseguren las condiciones mínimas adecuadas.

Debido a que la vida familiar constituye el modo de convivencia más favorable, es prioritario educar a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, para crear un ambiente de sana convivencia en un clima de seguridad, cariño y respeto, ya que por la incorporación de la mujer al mercado laboral, y a la reducción en el tamaño de las familias, un gran número de mayores no tienen en sus hogares la atención, ni los cuidados necesarios.

Al observar las cifras de la Organización de las Naciones Unidas, (ONU), correspondientes a la población mundial, es evidente que la mayor densidad poblacional, se concentra en los continentes, asiático, africano y americano:

  • Asia: 61% (4.700 millones).
  • África: 15% (1.300 millones).
  • Latinoamérica y el Caribe: 8% (650 millones).
  • América del Norte: 5% (370 millones).
  • Europa 10%, 750 millones(750 millones).
  • Oceanía. (43 millones).

Esta situación, trae como consecuencia que gran cantidad de países ubicados en dichos continentes, enfrenten el reto de prepararse para aliviar las condiciones de vulnerabilidad y exclusión social de sus ciudadanos, motivo por el que requieren desarrollar fortalezas y capacidades, que les permitan asumir y afrontar las presiones por venir.

Considerando que la libertad, la justicia y la paz mundial, se sustentan en el reconocimiento de la dignidad y el respeto a los derechos de los miembros de la familia humana, y que al aumentar la población, estos derechos se verían comprometidos y amenazados, en el año 1948, se presentó ante las naciones unidas, la Primera Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Posteriormente, luego de treinta y cuatro años, el 6 de agosto de 1982, se realizó en la ciudad de Viena, Austria, la Primera Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento, con el objeto de establecer las políticas sociales europeas para la tercera edad.

En este sentido, se presentó un Plan de Acción Internacional, creado con la finalidad, de atender las necesidades de los ancianos, y así facilitar su integración a la sociedad, motivo por el que también se constituyó el llamado Fondo de las Naciones Unidas, para dotar de la respectiva ayuda económica a los países más necesitados.

Veinte años después, en abril del 2002, se realizó la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento, que marcó un punto de inflexión en relación con la percepción mundial sobre la vejez, y el desafío que este sector representa para la sociedad.

En dicha asamblea, también se presentó el Plan de Acción Internacional de Madrid sobre el Envejecimiento, y su Declaración Política, documentos en los cuales se consideraron los nuevos retos y escenarios, con la idea de adoptar una serie de medidas inherentes al marco jurídico internacional.

Allí también, la Organización Mundial de la Salud, dio a conocer el término envejecimiento activo, definiéndolo como, «el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad, para mejorar la calidad de vida de los ancianos, alentando su independencia e integración en la comunidad».

Este «Plan de Acción Internacional de Madrid», constituyó un ambicioso proyecto para encarar el reto del envejecimiento en el siglo XXI, ya que por primera vez los gobiernos de los países participantes, aceptaron vincular, los aspectos inherentes al envejecimiento con otras áreas de desarrollo, como el área social económica y de derechos humanos.

Allí se hizo evidente, que el principal reto era el de promover la solidaridad entre las generaciones, combatiendo la discriminación hacia las personas mayores para construir un futuro basado en el respeto, dignidad, seguridad e igualdad, pleno de oportunidades para todos.

Posteriormente, en el año 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicó el Informe mundial sobre el envejecimiento y la salud, con los aportes recibidos de un grupo de expertos, en el que, incorporan un modelo conceptual sobre el llamado envejecimiento saludable.

Esta nueva estrategia significó un cambio en el anteriormente llamado envejecimiento activo, que solo se limitaba a considerar la capacidad funcional y de salud.

Por tal motivo, ampliaron el concepto a, «envejecimiento saludable«, definiéndolo como: «el proceso de fomentar y mantener la capacidad funcional para asegurar el bienestar en la vejez«.

En general, la nueva estrategia supone que todas las personas puedan disfrutar de larga vida con salud y capacidad funcional, con igualdad de derechos y oportunidades, a través del cumplimiento de los siguientes objetivos estratégicos, con énfasis en los adultos mayores:

  • Compromiso para adoptar las medidas sobre envejecimiento saludable en cada país y creación de entornos adecuados.
  • Armonización de los sistemas de salud, y fomento de sistemas sostenibles y equitativos para la adecuada atención y cuidados.
  • Mejora de los sistemas de medición e investigación en materia de envejecimiento saludable.

Para desarrollar esta estrategia, se elaboró un plan de acción para el período (2020 – 2030), con el fin de medir los avances del que denominaron, el Decenio del Envejecimiento Saludable, en el que estiman aplicar la experiencia adquirida durante los últimos años y cumplir con las obligaciones asumidas en la «Convención Interamericana», con la implantación de la Agenda 2030.

Todos estos planes y programas de innovación social, estaban en desarrollo y ejecución, cuando en este año 2020, nos tomó por sorpresa la propagación del virus del Covid-19, que en principio afectó en mayor medida a la población anciana, para hacer aún más evidente, la debilidad de esta franja de la sociedad.

La crisis generada con la llegada del Covid-19, ha demostrado, que nuestros ancianos aún están lejos de ser debidamente valorados y considerados, ya que fueron los primeros en ser estigmatizados y discriminados por causa de su edad.

Hoy, este segmento de la población muestra su evidente fragilidad resultando ser uno de los más afectados, debido a que más allá de sus dolencias y limitaciones, muchos de ellos quedan con profundas huellas que han impactado en su salud mental.

Esta pandemia con serias repercusiones, tiene al mundo trastornado sin encontrar aún el camino y las respuestas, que le permitan controlar y superar la situación.

Confiemos en que este nuevo escenario nos brinde la oportunidad de reflexionar y rectificar, en relación con quienes somos y hacia dónde vamos, por lo que se hace imperativo desarrollar una nueva conciencia en la que cada ciudadano de este anciano planeta, asuma su cuota de responsabilidad, ya que junto con su gente, La Tierra, también está envejeciendo, sin la sensatez y la sabiduría, que deberían darnos los años.

Hoy cinco siglos después, sigue siendo una Utopía, en perfecta alusión al título de su obra, la propuesta que hiciese Tomás Moro, ¨de una organización social basada en la más perfecta igualdad entre todos, en la que los ancianos ocupen un lugar importante¨.

Para concluir, es preciso recordar el mensaje que nos dejara, la Primera Declaración Universal de los Derechos Humanos, hace setenta y dos años, en el entendido de que cada país, está obligado a invertir en los sistemas de sanidad, que deben ser considerados como derechos fundamentales e inalienables para garantizar la vida y salud de todas las personas, sin discriminación de ningún tipo, bien sea de: raza, sexo o edad.

La anciana tierra está hablando, el tiempo se está agotando.

Escuchemos a nuestros ancianos. ¿Qué estamos esperando?

Nancy América Pérez Barreiro. 

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